martes, 17 de julio de 2012

PASEN Y VEAN: LA MOTA DE POLVO

Adrián San Juan


Gracias a Rosano Alonso, he conocido a Eduardo Rico y Adrián San Juan. Ambos, comparten un proyecto en común: La mota de polvo. Os invito a conocerlo. Pero dejemos que sean ellos quienes nos cuenten. (Por su extensión dejaré publicada la entrada hoy y mañana).

La mota de polvo es el proyecto literario de escritura e intercambio de microrrelatos encadenados que pusimos en marcha hace ya tres años Eduardo Rico y Adrián San Juan, colegas en el IES “San Nicasio” de Leganés. La idea fue la siguiente: Eduardo escribiría de uno a tres microrrelatos y se los enviaría a Adrián, que cuenta con un plazo límite de tres días para escribir una nueva tanda de uno a tres microrrelatos, que envía a Eduardo; éste cuenta con tres días máximo para cumplir con una nueva entrega… Dijimos al principio que eran microrrelatos encadenados, pero no es así exactamente: son textos sucesivos; es decir, no necesariamente es narrativa, pero sí que tiene, cada vez más, mucha tendencia a ella; y la concatenación a veces es sugerencia directa, otras indirecta, simple insinuación, alusiones, a veces abordamos el mismo tema cada uno desde nuestra perspectiva, a veces escribimos de forma independiente, a veces al alimón y otras veces nos salen motas que difícilmente catalogaríamos como microrrelatos.

Nada del otro mundo. Las fuimos numerando con la esperanza de durar lo más posible. Creemos que el mérito consiste en que aún no hemos fallado en las normas iniciales: llevamos 2.550; sí, y cariñosamente las llamamos “motas de polvo”, título que alude a un microrrelato inicial, el número 2, con todas las referencias de levedad y cohesión que puede traer, hasta formar esta nube consistente que se posa, vuela o forma torbellinos de ficción, salgan o no microrrelatos, o salgan poemas, poesía visual, aforismos o drama, o salgan por peteneras.

¡Ah!, tenemos una novedad: desde la mota 2.500 Rosana Alonso, también participa de este proyecto que, ahora sí, ya tiene aspiraciones de inmortalidad.

                                                                                             Eduardo Rico
 


CÍRCULOS VICIOSOS

Cuando, a pesar de su incipiente alzhéimer, reconoce sin lugar a dudas la habitación del asilo en que acaban de internarle, piensa que la vida, además de ser puro sarcasmo, tiene estructura circular: en efecto, es la misma habitación del mismo asilo en que 30 años atrás internó él a su padre.
Adrián


LA ÚLTIMA BATALLA


Se dieron cuenta, pero era ya muy tarde: todas las cabalgadudas que participaban en aquella maldita carga de caballería, contenían una errata.
Eduardo
 
Según reseña Eduardo, Adrián es profesor de Literatura Española, pero fundamentalmente poeta, o así fue como le conoció hace más de doce años y con una gran capacidad de fabular, en el sentido más ancestral de la palabra, pues sueña con editar un resumen de sus refinadas fábulas. Como muestra, un botón:
LA JAULA

Se quedó contemplando a los monos desde la reja frontal. Le parecieron graciosos. Eran muy espontáneos. Se comportaban con naturalidad, incluso con demasiada naturalidad, pues exponían sus vergüenzas sin ningún pudor. Casi se diría que ni se daban cuenta de que viviesen enjaulados. De hecho, buscó la reja trasera y no la encontró. Debía de ser una jaula muy grande.
No se daba cuenta de que los barrotes opuestos estaban a sus espaldas.


A Adrián —prosigue su colega— le gusta el deporte y lo practica más que él mismo —profesor de Educación Física—; casi a diario da raquetazos a diestro y siniestro y de vez en cuando corre sin entrenamiento específico alguna que otra marathón. Adrián se considera corredor popular (o sea, que corre por pura diversión y no espera ganar nada a cambio) y tiene escritos poemarios, colecciones de pensamientos, parábolas y muchos, muchos microrrelatos. No ha publicado nada, escribe por puro solaz, por tanto se considera escritor popular (es decir, que escribe por pura diversión y no espera ganar nada a cambio). A Eduardo le gusta hacer separatas temáticas de lo que va plasmando en La mota de polvo y le echa en cara a su cofrade que él no tenga ese mismo afán, pero piensa que todo se andará para ir sacando ese inmenso material que aún duerme el sueño de los justos. 



 

Eduardo y Adrián a veces consiguen hilvanar una retahíla de relatos consecutivos que atienden a una misma razón emotiva y que conforman uno de esos cuadernillos de mini cuentos alternativos, como esta muestra de simetría bilateral que viene a continuación:

 
                                                          EL HOMBRE PEZ



Nadie lo comprende. Nadie entiende qué ocurrió aquella tarde. Él llevaba un pantalón vaquero, chubasquero rojo y zapatillas blancas. Fue como por arte de magia: desapareció en el agua. Echó a caminar hacia la orilla, dicen algunos que a mirarse en el borde, como el que espera con impaciencia la venida de la muerte en esa costura de espuma que el mar forma con la playa. No es de extrañar que eso sucediera, pero él sabía que los vencejos no dominan la gramática y que el largo cuello de los cisnes nada tiene que ver con la Vía Láctea. No ignoraba que los vendavales de querubes estuvieran compinchados para formar galernas infernales, que las atarazanas de Jasón no se hallaran atestadas de argonautas o que las tubas y cornamusas entonaran salmos para la discordia en las alcobas celestiales. Es verdad, todo eso ya lo tenía en la cabeza mientras dejaba su indeleble rastro en las miradas de la gente. Todo lo tenía aprendido y tras encontrar moribundo en un charco de lágrimas el último pez azul que su alma imaginaba, echó a nadar hacia la dársena que llaman de los hombres dormidos, se ungió de escamas y, al marcharse, llamaba a gritos a las sirenas por sus nombres y a los abismos sumergidos, con escurridizas burbujas de plata.
Eduardo
EL HOMBRE-PEZ
El pez asomaba de vez en cuando la cabeza fuera del agua y veía al niño que tiraba piedras contra la corriente. Era ya muy viejo y no quería desovar en el mar definitivo sin haber visto mundo, sin haber sentido en sus escamas el golpeteo de la lluvia o sin haber nadado entre la nieve. Un día que el niño se bañaba, se aproximó a él, le rozó el pecho con sus aletas ansiosas y logró confundir su pecitud con la humanidad del muchacho. El niño nadó entonces más ligero y mejor que nunca y tenía en la boca un regusto a ovas. Al salir del agua tuvo que afrontar un momento de apuro, pues durante unos instantes no podía respirar, como si se le hubiera olvidado, como si le faltase el órgano adecuado; pero enseguida se abrieron sus pulmones y aspiró con deleite el aire de la tarde, el verano, la vida. Y se fue sin sospechar que llevaba un pez en el alma, que su corazón ahora tenía aletas. A veces sueña con sirenas fluviales, a veces le llama cantarina la corriente de los ríos, a veces se moja y le dan como ganas de saltar apoyándose en extremidades invisibles, pero por lo demás hace vida normal de hombre común, por más que en ocasiones sienta que le falta una clase de oxígeno que no está en el aire. 
Adrián



En boca de Adrián, Eduardo ha mantenido desde siempre un amor parejo entre el arte y el deporte y en todo momento anduvo enredado en proyectos intelectuales, ya fueran poesía de vanguardia, revistas culturales en el INEF, novela lúdico-cachonda, contar una historia de amor con números, rompecabezas de palabras, confección de carteles, esculturas u otras mil aventuras creativas que su mente inquieta aborda; sin complejos, con imaginación y con sensibilidad mágica y poética. La mota de polvo fue idea suya y tiene publicado un libro lleno de simbolismo, buen humor y ternura: La vida en cartón piedra y al año que viene sacará otro de microrrelatos que se ha de llamar Cuentos del otro lado (algo que Rosana ha de entender perfectamente) y, quién sabe, si Estatuas, un trabajo muy especial con fotografías incluidas. Vaya un ejemplo:




  ¡VIDA PERRA!


Llevaba en esa postura alrededor de hora y media, con el brazo enhiesto, rígido, tendido al frente señalando al gentío con el revólver que empuñaba. Hacía un calor de muerte en el arranque de la calle de la Montera, bajo el ala del sombrero le rodaban ríos de sudor que le anegaban el cuello de la camisa, la pechera y una espalda abrasada por el sol.  Mediodía. Creo que podré aguantar hasta la hora de la cena —se dijo hacia su corazón de western.
   Como prolongación de la puntera de su bota izquierda había un platillo con unas pocas monedas; procurando no perturbar el gesto, lo observó por el rabillo del ojo. Endureció aún más su ceño de pistolero. El dolorcillo en la boca del estómago, que era tan invariable como su gesto, se mantuvo imperturbable. Las siete menos cuarto. El hambre de días atrás se había convertido en una costumbre y la sed, inaguantable. ¿No sé si seguir? —se preguntaba—, hoy también me salto la merienda. ¡Vida perra! La noche de Madrid no le muta la fachada. Los turistas pasan, le miran, sonríen; flashes, chirigotas…, el hambre. Le duele la cabeza. Son casi las doce, entonces lo decide: no más pantomima. Le cuesta moverse, pero lo logra. Vuelve la boca del revolver hacia la frente y dispara.


En ese ansia prolífica, estos dos autores han llegado a pergeñar, para rizar el rizo, al modo de los “cadáveres exquisitos” de los surrealistas, una serie de relatos escritos al alimón. La idea —ésta de Adrián—, era, groso modo,  que uno enviara un escrito y el otro intercalara frases o tan sólo palabras para complementar lo del anterior. Saliendo párrafos tan sugerentes como este que fue publicado en el semanario Culturalia del Diario de Menorca el  26 de febrero pasado:


EL ÁNGEL DERRETIDO
 


 
Bésala ahora que aún están calientes los nidos en las pupilas asombradas de este febrero de penumbra. Bésala mientras suenan los acordeones de espuma con la urgencia de los peces sorprendidos. Bésala antes de que promulguen la nueva ley de pavimentos y obliguen a inhumar también a los que tenéis alas. Y en tu beso al borde del silencio, pon ya no sólo el labio, sino también el espíritu. Que note que no la besa alguien que persigue la costumbre, sino la claridad; alguien que no se conforma con el escuálido susurro del Paraíso, sino que acecha al azar en su delirio y en su demoledora tibieza al sobresalto en cada bocacalle del tiempo huido. Ofrece galaxias, repiqueteos, dentelladas de rocío de esas que sólo es posible sorprender muy de madrugada al paso de los unicornios. Y no pienses que la luz os iluminará de golpe por mucho rato si no descerrajáis el pistilo de las amapolas que fluyen como ríos por entre las doradas espigas de cuarentaiocho agostos perdidos. Os están mirando de reojo los batracios inauditos para comprobar si tiritáis de ansia o si el magma de vuestra sangre arrastra veleros desbocados. Porque si no, serán inútiles todas las hogueras. No quedará del amor más que ceniza si no oscilan los bajeles al compás de las mareas o si no brotan gotas amarillas al súbito contacto con las zonas sofocadas; y aquel beso que puede redondear el orbe achatado por los polos, con el tiempo, que todo lo martiriza en su afán de suburbio, os habrá tiznado apenas la cara como a las hojas de las campánulas salvajes les quedaron en sus haces las gotas de la escarcha dolorida.
Bésala y podrás comprobar en tus propias carnes escaldadas lo que es besar los labios de un ángel derretido sobre el licuado asfalto de las metrópolis. Bésala, insisto, y en ese alarde de cruces incendiadas en que se convertirá tu boca, tendrás toda la fortaleza, toda la dicha, todos los sueños, toda la voz de Whitney Houston.



Dejemos, para acabar, que de nuevo Rosana Alonso, la novel musa y relatora que invade el territorio de La Mota, subraye algunos de los microrrelatos de estos dos señores:

LOS SIGNOS

Hay que ver lo tiesos y preciosos que nos están creciendo los paréntesis, los circunflejos y las flores de asterisco. Qué elegantes los corchetes, qué hermosas las comillas y las diéresis y que bonitos lucen los calderones cuando al oscurecer, miran a poniente.
   Parece que fue ayer cuando sembramos los puntos  suspensivos...

Eduardo Rico

RITOS DE PASO

Al cumplir los 14 años, le envían a la selva. Debe volver con la piel de un león o no volver. Es una tribu guerrera. No hay sitio para los débiles ni para los cobardes.
No volvió. En su poblado le lloran. Su padre, para recordarle siempre, hace una muesca en la corteza del Gran Baobab. Su madre se escarifica el rostro.
Él sonríe mientras alimenta a Kipofu, el viejo león ciego del zoo de Nairobi.
 
Adrián San Juan


EL EXPLORADOR

¿Dóndecoñoestarálatecladelespacio?,¡ah! ya.
Eduardo Rico


JOSEFINA

Mientras hacían el amor se despistó y la llamó “Josefina”. Al instante sintió pánico: ahora le descubriría, se daría cuenta de que tenía una amante.
 
         Pero ella se limitó a exigir: “¡Sigue, sigue, no te pares, Napoleón!”
 
Adrián San Juan