Nací en el pasado. Quizá muera en el futuro. No comprendo la realidad, aunque por momentos me entretiene. Sobre todo cuando se transforma en ficción. Leo sin cesar desde niño (crecí en una librería). E ignoro por qué escribo. Aquí van tres hipótesis: 1) Para ser otro. 2) Para emular a los autores que me hipnotizan. 3) Para huir del frío.
Javier Puche (Málaga, 1974) es licenciado en Filología Hispánica y profesor de piano clásico. Fue crítico musical, corrector de estilo y guionista de televisión. Actualmente imparte clases en la Escuela Contemporánea de Humanidades (http://www.ech.es). Sus ficciones han obtenido diversos premios y figuran en antologías como Amores secretos (Universidad de Cantabria, 2008), Cuentos para sonreír (Hipálage, 2009), Microrrelato en Andalucía (Revista Batarro, 2009), Por favor, sea breve 2 (Páginas de Espuma, 2009) o Velas al viento (Cuadernos del Vigía, 2010). Mantiene el blog literario Puerta Falsa (http://puerta-falsa.blogspot.com). En octubre, la editorial Thule, de Barcelona, publicará su primer libro, titulado Seísmos. Vive en Madrid.
Hoy, en Pasen y Vean, tengo el placer de contar con la presencia de Javier Puche. Javier publicará su primer libro, Seísmos, el próximo 20 de Octubre. Una colección de microrrelatos que reúne piezas de seis palabras. Si ya es difícil escribir un buen microrrelato, imaginaros la complejidad que entraña contar una historia con sólo seis palabras. Javier lo hace, y sale muy airoso del envite. Sin duda, se trata de una apuesta muy arriesgada, valiente. Una apuesta de vanguardia en la que la idea, más que nunca, debe adecuarse a la extensión, y donde el lenguaje tiene esencia matemática. Sin duda, los Seísmos son filigranas líricas, elipsis, que como su propio nombre indica pretenden sacudir al lector, hacer temblar sus cimientos. Y lo consiguen, uno tras otro. Ellos y sus réplicas infinitas.
RESEÑA EDITORIAL: Abra este libro con cautela: contiene seísmos, terremotos de seis palabras. Literatura efímera en vibración, cuentos mínimos que le harán temblar, rompiendo el cristal de sus gafas o el cristalino de sus ojos. Piezas de ficción súbita que rinden tributo a Ernest Hemingway. Porque fue él quien escribió sin saberlo el primer seísmo de la historia. Aquel temblor en seis palabras que dice For sale, baby shoes, never worn (Vendo zapatos de bebé, sin estrenar).
SEÍSMOS
Desafina el coro de niños muertos.
Titubea por un instante la eternidad.
Se aman con dolor los erizos.
Sonámbulo, recorre el funambulista la telaraña.
Tres tristes tigres se suicidaron alternativamente.
Tras el Apocalipsis, llora un bebé.
Empezó a llover dentro del espejo.
Hombre-bala busca ansioso mujer-cañón.
Dedicado a Javier Tomeo
En medio del Mar Negro, a cientos de kilómetros de cualquier costa, un hidropedal avanza despacio bajo la luna. Sus tripulantes, un hombre y una mujer de mediana edad, pedalean maquinalmente, pese a estar dormidos. La cabeza del hombre descansa vencida hacia atrás. Y su boca se abre hacia el cielo, como si anhelara devorar las estrellas. La cabeza de la mujer cae por el contrario hacia delante y tiene la boca cerrada. Con las ondulaciones del mar, ambas cabezas se tambalean un poco. La de él parece decir que no. La de ella, que sí. Entregados a esta inconsciente discrepancia, surcan la oscuridad. Al amanecer, el lamento de una ballena los despierta abruptamente.
ELLA. (Desperezándose.) Nos hemos dormido.
ÉL. Eso parece.
ELLA. (Mirando alrededor.) ¿Y qué hacemos ahora?
ÉL. No tengo ni idea. Quizá deberíamos seguir pedaleando.
Y eso es justamente lo que hacen: pedalear. Pedalear en silencio. Seguir navegando sin rumbo por las oscuras aguas hasta perderse de vista en el horizonte.
(Texto ganador del VI Premio de Relato mínimo Diomedea)
–Tenemos que hablar.
Eso dijo ella con pesadumbre. Algo aturdido, me senté en el sofá donde solíamos ignorarnos. Pero esta vez no encendimos la tele. Apenas recuerdo lo que finalmente hablamos (mi memoria tiende a suprimir las catástrofes).
El caso es que ahora vivo lejos de ella, en las afueras, entregado a una existencia gélida y crepuscular. Fantasmagórica, para ser exactos.
Al principio, achaqué mis visiones nocturnas a la añoranza (no en vano, aquellas fugaces mujeres del pasillo parecían vestir como ella). Luego, a la vertiginosa desnutrición (únicamente me alimentaba de pan seco y agua corriente). Por último, comprendí con pavor que los fantasmas no procedían de mi tristeza, sino del más allá. Lo supe por el modo en que me abrazaban. Eran almas en pena, dolientes criaturas sin tiempo, espectros quejumbrosos que paulatinamente invadían mi nueva casa en las afueras. Lo peor del asunto (y por eso estoy bajo la cama) es que ahora hay veinte o treinta reunidos en el salón, esperándome en absoluto silencio. Pude verlos hace un rato, justo antes de huir despavorido, cuando el señor del sombrero me cogió del brazo y me dijo con voz de ultratumba:
–Tenemos que hablar.
JAVIER PUCHE
PRÓXIMO ARTISTA INVITADO: La semana que viene nos visitará un escritor desde la villa marinera de Xixón, con su diario de.... bajo el brazo.
Acaricia el suicida a la anaconda.
Desafina el coro de niños muertos.
Titubea por un instante la eternidad.
Se aman con dolor los erizos.
Sonámbulo, recorre el funambulista la telaraña.
Tres tristes tigres se suicidaron alternativamente.
Tras el Apocalipsis, llora un bebé.
Empezó a llover dentro del espejo.
Hombre-bala busca ansioso mujer-cañón.
Expectación. Planteamiento. Nudo. Desenlace. Aplausos. Olvido.
Además de estas piezas, tengo la suerte de rescatar dos textos espléndidos de Javier: La Incertidumbre y Tenemos que hablar. La primera pieza es una metáfora del destino, de la incertidumbre (como señala el título), de la soledad, del vértigo existencial. Una mujer, un hombre, el mar, un hidropedal... Y el trazo - la silueta - de una historia que apenas existe, de la que sólo percibimos su sombra, difusa, y sin embargo una pieza que hiere, que sacude, casi sin querer, de refilón, pero de una manera honda y letal. Tenemos que hablar, es un texto de ausencias, de idas y venidas, de presencias que no existen, de ausencias reales. Una pieza recorrida por la tristeza de una melancolía que ya no es ni siquiera nostalgia, recuerdo, sino presente. Un presente devastado, sin posibilidad de futuro. Sin más, os dejo con él. Señoras y Señores con ustedes Javier Puche. La Incertidumbre. Tenemos que hablar. Disfrútenlos. Pasen y Vean.
LA INCERTIDUMBRE
Dedicado a Javier Tomeo
En medio del Mar Negro, a cientos de kilómetros de cualquier costa, un hidropedal avanza despacio bajo la luna. Sus tripulantes, un hombre y una mujer de mediana edad, pedalean maquinalmente, pese a estar dormidos. La cabeza del hombre descansa vencida hacia atrás. Y su boca se abre hacia el cielo, como si anhelara devorar las estrellas. La cabeza de la mujer cae por el contrario hacia delante y tiene la boca cerrada. Con las ondulaciones del mar, ambas cabezas se tambalean un poco. La de él parece decir que no. La de ella, que sí. Entregados a esta inconsciente discrepancia, surcan la oscuridad. Al amanecer, el lamento de una ballena los despierta abruptamente.
ELLA. (Desperezándose.) Nos hemos dormido.
ÉL. Eso parece.
ELLA. (Mirando alrededor.) ¿Y qué hacemos ahora?
ÉL. No tengo ni idea. Quizá deberíamos seguir pedaleando.
Y eso es justamente lo que hacen: pedalear. Pedalear en silencio. Seguir navegando sin rumbo por las oscuras aguas hasta perderse de vista en el horizonte.
(Texto ganador del VI Premio de Relato mínimo Diomedea)
TENEMOS QUE HABLAR
–Tenemos que hablar.
Eso dijo ella con pesadumbre. Algo aturdido, me senté en el sofá donde solíamos ignorarnos. Pero esta vez no encendimos la tele. Apenas recuerdo lo que finalmente hablamos (mi memoria tiende a suprimir las catástrofes).
El caso es que ahora vivo lejos de ella, en las afueras, entregado a una existencia gélida y crepuscular. Fantasmagórica, para ser exactos.
Al principio, achaqué mis visiones nocturnas a la añoranza (no en vano, aquellas fugaces mujeres del pasillo parecían vestir como ella). Luego, a la vertiginosa desnutrición (únicamente me alimentaba de pan seco y agua corriente). Por último, comprendí con pavor que los fantasmas no procedían de mi tristeza, sino del más allá. Lo supe por el modo en que me abrazaban. Eran almas en pena, dolientes criaturas sin tiempo, espectros quejumbrosos que paulatinamente invadían mi nueva casa en las afueras. Lo peor del asunto (y por eso estoy bajo la cama) es que ahora hay veinte o treinta reunidos en el salón, esperándome en absoluto silencio. Pude verlos hace un rato, justo antes de huir despavorido, cuando el señor del sombrero me cogió del brazo y me dijo con voz de ultratumba:
–Tenemos que hablar.
JAVIER PUCHE
PRÓXIMO ARTISTA INVITADO: La semana que viene nos visitará un escritor desde la villa marinera de Xixón, con su diario de.... bajo el brazo.



