Hoy Previsiones cumple un año. Un año y un día. Durante todo este tiempo, desde que publiqué mi primera entrada (Cartón Piedra, que al final reproduzco), he tenido la inmensa suerte de contar con un apoyo incondicional, fiel. Siempre habéis estado ahí, en primera línea. Ese aliento supone un acicate enorme, y también se traduce en un aprendizaje continuo, muy enriquecedor. Vuestros comentarios me han permitido interpretar mis textos desde otro ángulo, subsanar errores, quitar aquí, poner allá, ser ambicioso, constante...
Por otra parte, creo que el auge del microrrelato en la blogosfera es un fenómeno digno de estudio. Algún día los críticos – algunos ya lo están haciendo – deberán volver la vista a la red y ver que sucedió durante estos años. Me gusta pensar que Previsiones, humildemente, aporta su granito en esta labor de consolidación de un género que merece más. Más y mejor.
Sin duda, me quedo con eso. Y con la posibilidad que esta ventana abierta me brinda de conocer a escritores, compañeros de viaje, amigos. Gracias. Seguimos.
PD: La semana que viene vuelve Pasen y Vean. Y lo hace con un escritor que cultiva lo breve dentro de lo breve, y que muy pronto publicará su primer libro. Temblará, me temo, la escala de Ritcher.
CARTÓN PIEDRA (Primera entrada publicada en Previsiones)
Este verano llegamos al pueblo unos días antes de lo habitual. Justo cuando encendían el sol y se disponían a colgar la cartulina con el cielo azul, las nubes de celofán y los pájaros de atrezzo. También pudimos advertir, a lo lejos, los decorados de las casas blancas, el camposanto y las ruinas del viejo castillo medieval. Por el contrario, el ayuntamiento, la plaza mayor y la iglesia permanecían aún suspendidos en el aire, sujetos por la grúa, esperando ser ubicados en su lugar correspondiente. Asimismo, el hueco donde estaba el mar seguía todavía repleto de serrín, limaduras y virutas de papel, aunque varios operarios se afanaban ya en llenarlo de agua, diseminar la sal, extender la arena y desembalar los peces de plástico.
Mientras observábamos atónitos cómo bajaban el sol, izaban la luna y prendían las estrellas –ensayando así el ciclo natural de los días y las noches– vinieron al pueblo los camiones que traían los animales. De uno en uno, descendieron los dinosaurios, las sirenas, los unicornios, las hadas y los dragones verdes de tres cabezas que escupían gominolas, caramelos y confeti. Incluso, los mosquitos africanos que picaban pero no dolían. Las arañas peludas que no daban miedo. Los saltamontes de diseño. Las medusas inofensivas. Y las moscas cojoneras que no incordiaban a la hora de la siesta. Después de hacer recuento, darles cuerda y colocarles las pilas alcalinas que les conferían autonomía suficiente durante los próximos meses, dieron por concluidos todos los preparativos para recibir a los turistas.
Y así, un año más, transcurrieron mis vacaciones. Aunque este verano regresamos a la ciudad unos días antes de lo habitual. Justo cuando empezaban a poner las primeras calles.

