No sabía qué hacer con mi vida, así que contraté a un guionista. Al principio dudé entre una trama policíaca, romántica o de ciencia-ficción, pero al final elegí una sitcom familiar. El pack incluía chalet, utilitario, mujer, hijos y un foxterrier de nombre Cosby. Además estaba de oferta, desgravaba y se podía pagar en cómodos plazos. Eso sí, no se admitían devoluciones. Una pena, aunque lo más importante es que pronto me convertí en un esposo abnegado y un padre de familia ejemplar. Cada tarde me reunía con mi guionista y juntos repasábamos mi papel. A veces, si la secuencia era sencilla, podía sugerir ideas, improvisar y decir alguna que otra frase de mi propia invención. Era - lo ponía en el guión - un hombre realizado y feliz. Sin embargo, cuando ya iba todo rodado y había interiorizado el personaje sucedió algo imprevisto. Una noche sorprendí a mi mujer con otro hombre. Incrédulo revisé la escaleta, pero en ninguna columna aparecía especificada una escena de cuernos. Tras hablar con mi guionista, decidí preguntárselo directamente a ella. Fue así como descubrí que mi mujer tenía también su propio guión.
