martes, 7 de junio de 2011

PASEN Y VEAN: HUGO CUETO


Tengo un carácter gris como Santander, la ciudad en la que me nacieron, en la que crecí y aún hoy decrezco.

Tengo varios fantasmas que me habitan y a los que habito.

Tengo, como todos, algún muerto en el armario.

Tengo (y me tiene) una mujer.

Tengo una familia que no merezco.

Tengo un puñado de amigos que son buena gente.

Tengo un sobrino guay y una sobrina política también guay.

Tengo una gata a la que diagnosticaron el síndrome del tigre y recetaron ansiolíticos que no le dimos.

Tengo el brazo siempre lleno de arañazos.

Tengo miopía y la cabeza gorda.

Tengo un reloj de bolsillo.

Tengo seis ejemplares de la Hora de España que me da miedo leer.

Tengo admiración por Miguel Hernández y la duda de por qué ahora a los juntapalabras de 31 años se les dice “jóvenes escritores”.

Tengo un blog.

Tengo escritos ciento diecisiete CAPÍTULOs UNOs de mi novela y ciento diecisiete hojas donde sólo pone CAPÍTULO DOS.

Tengo rabia social contenida. Cuidado, es contagioso, a mí me lo pegó una buena amiga. Y una vez que entra en el organismo, sigue creciendo.

Tengo la esperanza de que, alguna vez, la mayoría nos preocupemos no en vivir de pie y sí de que vivan en pie quienes están a nuestro alrededor.

Tengo también cada vez menos escrúpulos en decir que a los otros, a los que se empeñan en caminar sobre las cabezas de los demás, habrá que pasarlos por la quilla.

Tengo en estos días miedo, pero tengo esperanza.

Tengo tristeza, pero esperanza.

Tengo frío, pero esperanza.

Tengo prisa, pero tengo luego un rato… ¿Nos tomamos una cerveza?

      Hoy, en Pasen y Vean, contamos con la presencia de Hugo Cueto, Síbreve, del blog Nanorrelatos. La producción de Hugo, además de los híperbreves o nanorrelatos, abarca también otras extensiones muy dispares. Hoy veremos una muestra de todo ello. Hugo tiene un estilo muy peculiar, muy marcado. Sus piezas son muy directas, viscerales, a veces incluso duras, casi de una violencia inusitada. Admiro su forma de desnudar el lenguaje y encontrar la palabra exacta para decir aquello que quiere contar. La palabra precisa con más carga de intensidad, capaz de golpear de una forma más franca y audaz en el lector. Leer a Hugo no siempre es fácil, porque sus textos inciden de una manera brutal en la realidad, en los hechos históricos y en el mundo de los recuerdos y emociones colectivas. Para mí, precisamente esta universalización de la emoción, es el gran acierto de su literatura, lo que permite conectar texto, lenguaje, lector, más allá incluso de la propia historia.

También me gustaría destacar el tono emotivo de sus textos, su humor mordaz, y la concepción nihilista, contrariamente a lo que uno podría pensar en un inicio, que encierran al final, en el cierre, muchas de sus piezas. También el gusto por las formas y estructuras, y la integración de las voces narrativas, muy presentes, que tienden a romper deliberademente el ritmo y la cadencia natural de la historia.

Hoy, tenemos tres textos que son quizás un espejo bastante fidedigno de la literatura que  Hugo practica. Empezamos con El Aislamiento. Una historia donde podemos ver la búsqueda del sentir colectivo en el hecho histórico. Una pieza sin concesiones, que ahonda en un sentimiento colectivo y particular, pero que sin duda lo transciende y se convierte en símbolo. Un texto emotivo, emocionante. El discurso del verdugo, es un texto durísimo, violento, visceral. Un golpe tras otro golpe. Resulta muy difícil, casi imposible, salir indemne. Quizás porque Hugo apunta con maestría al epicentro de todo aquello que sustenta, hasta entonces, nuestra precaria existencia. Y por último, no podía faltar, una nanorrelato: Crisis en la construcción. Un juego, de hondo sentido, con las dobleces y los segundos significados del lenguaje. Sin más, os dejo con él. Señoras y Señores con ustedes Hugo Cueto. El aislamiento. El discurso del verdugo. Crisis en la construcción. Disfrútenlos. Pasen y Vean.




EL AISLAMIENTO

Tenía seis años entonces, lo recuerdo. Mi padre me llamaba Paquito y yo odiaba que lo hiciera. Paquito esto, me decía, Paquito, lo otro. Y lo miraba con rabia y le gritaba: me llamo François. Mis compañeros se burlaban y me decían: "Español Paquito". Y aquel día, tenía seis años, lo recuerdo, en un arranque de rabia me lancé contra él como loco. Le di patadas y puñetazos: "François, llámame François". Él permaneció quieto, mi madre nos separó. Yo salí corriendo a mi habitación, el caminó cansado a la suya. Mi madre quedó en la sala, tierra de nadie.

Tenía veinte años entonces, lo recuerdo. Mi padre me llamaba Francisco y a mi no me gustaba. ¡Qué poco le hubiera costado llamarme François, o al menos Fransuá! Mi padre era un intelectual, un albañil que me pedía que le tradujese a Sartre, Camus, Levi Strauss, Merleau Ponty. Mi padre fue alumno y compañero de Unamuno. Qué te hubiera costado, le grité un día, aprender francés. Tenía veinte años y él salió de nuevo camino de su habitación. El mismo andar cansado. Mi madre y yo nos quedamos en la sala, tierra conquistada.

Tenía treinta y cinco años entonces, lo recuerdo. Mi padre me llamaba Paco y a mí no me importaba. Me daba igual entonces la forma en la que los demás me llamasen, porque ya sabía quién era. En la consulta del médico le eché en cara que si hubiera aprendido francés yo no tendría por qué acompañarle. Tenía treinta y cinco años, lo recuerdo, e hice a mi padre llorar.

Tenía sesenta años ayer, lo recuerdo. Mi padre no me llamaba de ninguna manera. Permanecía sentado y miraba al lugar donde me encontraba pero su mirada me atravesaba como si no estuviera allí. Yo me preguntaba qué verían realmente sus ojos, qué pasaba por su cabeza. Le hablaba de tonterías, de recuerdos de cuando era niño, de cuando vivía mamá, pero dudo que él me escuchara. Las tardes en que iba a visitarle las pasábamos así. Ayer, cuando salía de su habitación mi padre me llamó de nuevo Paquito.

Paquito, me dijo, y yo me sobresalté.

Paquito, me dijo, nunca aprendí francés porque siempre pensaba que mañana volveríamos a España.

Tenía sesenta años, recuerdo, y un nudo en la garganta.


EL DISCURSO DEL VERDUGO

Sois todos iguales. Ni uno de vosotros se salva. Podéis ser más bajos o más altos, más o menos gordos. Igual alguno tiene el pelo un poco más largo, los ojos más claros o una pequeña marca de nacimiento, pero, en el fondo, si os colocara a todos en fila, junto a la pared, y caminara frente a vosotros viendo vuestras malditas caras de cerdo, al final no conseguiría recordar nada de uno solo de vosotros que lo distinguiera del resto. Os guste o no os guste, sois todos iguales.

Y os guste o no tenéis todos el mismo discurso de mierda. Vuestros cerebros están abotargados, conformes con recibir la sopa boba. Os contentáis con los desperdicios que os lanzan. Ninguno de vosotros es capaz de pensar algo distinto a lo que piensan los demás. No utilizáis palabras siquiera, sólo gruñidos. Todos el mismo gruñido adocenado. Puede ser que uno grite más que el resto, pero a fin de cuentas será el mismo grito agudo e insoportable carente de significado.

Y no vais a cambiar. No penséis que sí, porque nada va a cambiar. Antes de ahora han pasado por aquí miles como vosotros, la misma cara, el mismo aspecto, los mismos quejidos antes de enfrentarse a la muerte, los mismos que vosotros lanzaréis en unos minutos. Pero todos morís igual, hasta para eso sois la misma cosa. No cambiáis, nada cambia. Tras la muerte os sigo, os busco, y colgáis de las charcuterías, las mismas patas, los mismos embutidos.

Todos iguales, unos a otros.


CRISIS EN LA CONSTRUCCIÓN

Ella lo abandonó, antes incluso de que acabaran de construir la casa en la que habían de vivir juntos. Él escribió con pintura blanca sobre una pared de ladrillos: Techo de menos.

HUGO CUETO



PRÓXIMO ARTISTA INVITADO:  LA SEMANA QUE VIENE, AIRES DE VENDAVAL.