Ayer enterramos al abuelo. A pelo, bajo el olivo, como él quería. A Papá nunca le gustó la idea. Decía que el viejo había perdido el juicio, que desvariaba. Mamá era de la misma opinión. Ella prefería un entierro más tradicional; con misa, cura y nicho. Tampoco la abuela las tenía todas consigo. Sabía que amén de cuidar del árbol, tendría que andar tras los chuchos para que no se mearan encima. Entre todos intentamos convencerlo, pero él se mantuvo firme hasta el final. Es cierto, pudimos ignorar su voluntad. Aunque entonces hubiéramos tenido que esperar a que se muriera.
