Sentado en el retrete, sobre el rollo de papel higiénico, Mario sueña endecasílabos. Sólo allí, en el váter, prospera de vez en cuando alguna metáfora. Por norma, la extensión del poema se ciñe al tiempo propio del acto. De ahí que su obra sea ante todo breve, sucinta, menuda. Dejando a un lado, por luengos y vanguardistas, sus ripios navideños. También, rima y métrica se ajustan a sus vaivenes intestinales. Y en menor medida inciden textura, color y fragancia del papel. Su poesía es en esencia intimista, de tripas corazón. Aunque él sabe que es un poeta malo, flojucho, de mierda; y que ya llegó desde un principio donde podía llegar. Pero esto a Mario se la trae al pairo. Sólo una cosa le entristece, le restriñe el ánimo. La reticencia, los escrúpulos, el desaire de las musas.
