Estoy alucinando. Ahora que Agustín me pide que os cuente algo de mí, me he puesto a pensar sobre mi relación con la Literatura y me he dado cuenta del tiempo que ha pasado desde que escribí mi primer poema. ¡Veinticinco años! Y eso que fue un momento que recuerdo como si lo estuviera viendo ahora mismo: Don Manuel nos había mandado hacer una cuarteta y yo subí al monte con mis once años recién cumplidos y mi bicicleta verde. Me senté en una piedra. Tenía a un lado las montañas leonesas, al otro se abría la meseta y al frente, como un gran cuélebre tumbado al sol, la vega del Órbigo, con mi pueblo en medio. Ese pueblo donde siempre tuve la sensación de que se había pasado de golpe y porrazo de la era preindustrial a la de la Bola de Cristal. Como comprenderéis, intentar meter todo aquello en cuatro versos era imposible, así que no me quedó más remedio que levantarme de aquella piedra y escribir muchos versos más.
Lo de los micros ya es bastante más reciente. Después de haber conocido el mar y de cruzar algún desierto, ya habían quedado lejos los tiempos de los recitales, las publicaciones y los poetas. El músculo estaba atrofiado. Hace menos de un año abrí un blog y, renqueando, empecé a escribir de nuevo, despacito y a trompicones. Así, como los que habéis pasado por mi blog ya habréis comprobado, volví a ser un novato de nuevo. Ahora sólo me queda escuchar, aprender y seguir disfrutando al lado de tantos blogs y gente estupenda.
Hoy, en Pasen y Vean, contamos con la presencia de Alberto Flecha. Escritor, poeta y alma máter del Filandón 3.0 celebrado en diciembre de 2010. Un autor versátil que cultiva formas y distancias distintas siempre con la misma calidad y rigor. Existe una palabra que automáticamente me viene a la mente cuando pienso y leo a Alberto: arraigo. Sus textos casi siempre se originan, aluden o vuelven a la cercanía de sus orígenes, a la tierra de donde fue, es y será, a su imaginario más íntimo. Más tarde podremos comprobarlo, pero ahora me gustaría resaltar este aspecto como la unidad temática que aglutina toda su obra. Y cuando me refiero al concepto de arraigo, insinúo una manera de escribir y concebir la literatura muy próxima al oficio artesanal. Especialmente en la manera de cuidar, escoger y precisar las palabras, en la cadencia, en la musicalidad. En la búsqueda de la belleza a través de la palabra desnuda, sin artificio. Un arraigo con pretensiones vanguardistas que se pone de manifiesto en su predilección por formas de escritura próximas a la tradición oriental. Y que Alberto práctica actualizándolas, jugando con el contraste entre la forma vieja y el contenido nuevo, ensayando nuevos caminos de expresión, arriesgando. Nuevos caminos en los que siempre está presente el humor y la ironía, elementos que Alberto domina y maneja con maestría. Todo esto y mucho más lo podemos ver en su bitácora La Caja de Alberto Flecha, donde el autor publica regularmente sus últimas creaciones.
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| Alberto con el pendón de su pueblo. |
Dos microrrelatos y un Haibun. Esto es lo que hoy os propongo. Triple sesión. Empecemos por el Haibun, titulado Haibun Haití. Una composición poética que combina la prosa breve con el haiku. Un texto alegórico que nos recuerda la tragedia de Haití. Visual, metafórico, pictórico, pero pegado al horror, al dolor, a ese rugir y quebrarse de la tierra. Una composición que ahonda en el sentimiento de finitud y denuncia la realidad económica y social de uno de los países más pobres de nuestro mundo. El primero de los micros, El método Ming, es una historia irónica y mordaz que trata, precisamente, el tema del arraigo al que anteriormente aludíamos. Una historia que nace y vuelve al mismo lugar. Por el camino, una crítica sutil al hombre y a la sociedad en la que éste quiere y pretende ser feliz. Y por último, La estela del cierzo. Un microrrelato de antología, espléndido. Realismo mágico en estado puro. Señoras y Señores con todos ustedes Alberto Flecha. Haibun Haití. El método Ming. La estela del cierzo. Disfrútenlos. Pasen y Vean.
HAIBUN HAITI
EL MÉTODO MING
LA ESTELA DEL CIERZO
PRÓXIMA ARTISTA INVITADA: La semana que viene nos visitará una escritora que además de cantar escribe bajo el agua. Glup, glup...
HAIBUN HAITI
¿Duerme el caimán?
Calma en la orilla y entonces
truena la tierra.
Y un aleteo de garzas despierta al olvido en los manglares. Gritan los tamarines. Aúlla el fantasma del bosque asesinado y muy lento la tierra devuelve al mar los restos del naufragio.
El machete del negro Antoine cuelga del tahalí de cáñamo putrefacto como cuelga el negro Antoine de los helicópteros que vuelan el agua verde del Caribe ¡Donne-me la chanson que je t´a donné la musique! El negro Antoine agita los brazos, los helicópteros agitan las aspas: ¡Hay que cortar más árboles para alimentar a caimanes extintos! ¡Hay que sacar el agua del útero seco de la tierra!
El negro Antoine se estampa como una sombra en el rojo horizonte por el que se alejan unas garzas que escapan de un manglar, de una selva, con los que algún día soñara.
Tronó la tierra
y ese caimán se hundió
para esperarte.
Pues si cunde el silencio,
¡canta tú, amor, asústalo!
EL MÉTODO MING
El chino Ming está convencido de que para aprender inglés de forma rápida y barata hay que ir a Inglaterra y trabajar en un restaurante. A esa conclusión ha llegado después de informarse ampliamente en foros y revistas especializadas en el aprendizaje de lenguas extranjeras. Así que, ni corto ni perezoso, abandona su aldea en Manchuria para presentarse en Londres con su maleta de piel y su kimono de rayas. Ahora ya sólo le queda lo de buscar trabajo. Por supuesto tiene que ser en un restaurante occidental, si lo hiciera en uno chino (así lo juran y perjuran los expertos) hablaría en su propio idioma y nunca aprendería la lengua de Wilde. Encuentra trabajo como pinche de cocina en Casa Canga´s, en Cambridge St, 67. Le gusta el trabajo y resulta tan buena persona y mejor trabajador (trabaja metido en la cocina más de doce horas diarias) que los dueños terminan tratándolo como a un hijo y dándole alojamiento en el propio restaurante. Después de dos años de pelar patatas y cocer marisco, el chino Ming extraña a su novia Chuchú y decide volver a su Manchuria natal. Cuando llega a su pueblo apenas ha aprendido inglés, pero habla con fluidez un florido gallego con acento de Cangas del Morrazo.
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| Ilustración Alberto Flecha |
LA ESTELA DEL CIERZO
Fue un viernes de invierno al salir de la escuela. Había helado tanto que, al cruzar corriendo la puerta, los niños salíamos proyectados con fuerza en todas las direcciones. Pepín, el de Justino, fue a estrellarse contra la fábrica de gaseosas. Antones se estazó contra el coche de línea que salía para Astorga. A pesar de los gritos de la gente, Adolfo y yo pasamos como una exhalación por delante de la Iglesia y ya no paramos más. Él terminó en Buenos Aires y yo, aquí, con tu abuela, entre todas estas palmeras. Puedes creer que exagero, pero tú, rapaz, tienes mucha suerte de que en estos lares ni se sepa lo que son esas heladas pelonas que dejan a los pueblos sin niños.
PRÓXIMA ARTISTA INVITADA: La semana que viene nos visitará una escritora que además de cantar escribe bajo el agua. Glup, glup...




