martes, 18 de enero de 2011

PASEN Y VEAN: ROCÍO ROMERO PEINADO


        Llevo una vida movidita pero sencilla, repleta de dibujos que admirar y multiplicaciones que corregir. Debido al trabajo, también colecciono paisajes de ventanilla e historias diminutas que a menudo olvido. Cuando llego a casa, después de las cenas, pijamas y besos, a veces –las menos– recupero parte de lo perdido en la carretera. Casi nunca consigo recordar lo principal y, por algún motivo, imagino que las historias que olvido son las mejores. Así surgen mis microrrelatos, mientras rebusco en mi memoria –pésima, claro está– aquella historia larga y rica de la que apenas retengo una imagen y un fogonazo.


       Hoy, en Pasen y Vean, tengo el placer de contar con Rocío Romero Peinado. Antes que nada, debe confesar que debo su presencia a Rosana Alonso. Sin ella, la sección de hoy nunca hubiera sido posible. Fue en su bitácora Explorando Lilliput – una delicia por cierto – donde la descubrí por primera y segunda vez. Rocío vive actualmente en Santurce (Vizcaya), es licenciada en Filología Inglesa y lleva desde 2005 matriculada en diversos talleres de la Escuela de Escritores. El año pasado ganó el Premio Las Redes de la Memoria 2009, patrocinado por Globalkultura, con un relato de corte costumbrista titulado “Respirar”. También ha sido finalista del concurso Artesanía Comprimida y Abogados en distintas ocasiones.


      Para mí Rocío ha supuesto todo un descubrimiento y es un lujo tenerla aquí. Pasen y Vean crece sin duda con su presencia. Y además creo que encarna a la perfección el espíritu de esta sección. Una voz anónima – Rocío “aún” no tiene blog – que late con fuerza y que le roba tiempo al tiempo para dedicarlo a su máxima afición: escribir. Vaya pues por delante mi admiración y la convicción firme que Rocío es ya, hoy por hoy, una magnífica escritora. Basta sólo con leer uno de sus textos para darse cuenta de ello. El dominio del lenguaje, su precisión escrupulosa, la originalidad de sus historias, la creación de atmósferas inquietantes y su inteligencia narrativa son sus principales virtudes. Virtudes que se aúnan en una voz propia, en un estilo inconfundible y firme. Los textos de Rocío son composiciones que retan al paso del tiempo. Y que adquieren consistencia lectura tras lectura. Uno tiene la sensación que en ellos las palabras encajan a la perfección, sin fisuras. Siempre las palabras justas, medidas, ni una más, ni una menos.


     Hoy, tengo la suerte de presentaros dos textos increíbles: Fotografía Post Mortem y Carrusel. Creo que ambos definen muy bien a su autora, su estilo y  la literatura que practica. En el primero encontramos una historia llena de ternura, desasosiego y terriblemente inquietante. Rocío realiza un ejercicio funambulista impecable. Un ejercicio valiente, osado, sin red. Un texto, sin duda, de antología. Este microrrelato es de aquellos que cambian la percepción de las cosas. Un escalofrío vital. En el segundo, volveremos también a asombrarnos de nuevo. A partir de una premisa sencilla, Rocío construye a travles de la palabra desnuda de artificio todo una metáfora de la vida. En apenas unas líneas, su lenguaje certero, nos hará viajar a traves de dos vidas que acaban, empiezan, recuerdan; o simplemente son, están o fueron. Un texto que esconde una mirada incisiva sobre la condición del hombre, del mundo y del paso inexorable del tiempo. Señoras y señores con ustedes Rocío Romero Peinado. Fotografía Post Mortem y Carrusel. Disfrútenlos. Pasen y Vean.



FOTOGRAFÍA POST MORTEM
Sacaba la fotografía a escondidas de entre la ropa interior blanca de mamá. Acariciaba con un dedo el pequeño rizo en forma de cresta y me entraban ganas de llorar, cada vez.


Solía observar con fascinación las sábanas, de un blanco sucio por el tiempo, salpicadas de flores que rodeaban a aquel pariente olvidado y diminuto. Tenía los ojos cerrados y las manecitas cruzadas sobre la tripa. A su lado habían colocado uno de esos juguetes que nunca se caen, una cabeza de pato desconchada e inmóvil con la que lo imaginaba jugando a todas horas.

Esa noche quise soñarlo. Coloqué la fotografía bajo mi almohada con cuidado como para pedirle que viniera.


Era un bebé hermoso, de mejillas suaves. Agitaba las flores de color sepia que había en su cama. Lo abracé con fuerza mientras susurraba contra su pelo todas las tonterías inconexas que se les dicen a los niños más pequeños. Jugamos un rato medio flotando en la felicidad líquida de los sueños dulces, en aquel espacio impreciso de la cama antigua. Cuando las flores comenzaron a deshojarse entre sus dedos, sentí frío. “Despierta” me dije, pero el niño me miró muy serio. Me alcanzó una flor deslucida y comprendí que no pensaba quedarse solo.




Óleo de Ignacio Navarro
CARRUSEL

Nos mecemos. Arriba y abajo, y arriba otra vez. La música fluye en espirales, como nosotros. El compás de cierre da paso al inicial y marca nuestro movimiento sin pausa. Giro los ojos hacia ti, y extiendo mi mano arrugada para acariciar levemente esa barba que dejó de crecer. Se detuvo al llegar. ¿Recuerdas? Yo me senté en un león enorme y tú en una gacela. Relucían entonces, eso sí. Hace tanto ya. El compás final de una hora se funde con el inicial de la siguiente. Una vuelta más, pensamos. Hasta que acabe la música.


ROCÍO ROMERO PEINADO



PRÓXIMO ARTISTA INVITADO:  La semana que viene viajaremos a Valdivia (Chile), tras las huellas, tras la estela, de un tigre.