El cielo de Wínnappu está cubierto de muñecas hinchables. Cientos, quizás miles, flotan suspendidas en aire, ajenas a cualquier inclemencia atmosférica. Casi nadie sabe muy bien qué hacen allí arriba, desafiando los principios más elementales de la implacable ley gravitatoria. Pero lo cierto es que ahí están; desde su origen, antes incluso que el propio pueblo existiera. Aunque sólo los recién llegados, aquellos que circulan en ciclomotor y algún que otro turista despistado se detienen aún a contemplar el curioso espectáculo. Magnífico, al amanecer, cuando los primeros rayos de sol despuntan y se cuelan entre ellas. El resto de los habitantes de Wínnappu hace ya tiempo que se habituaron a su presencia. Y únicamente alzan la vista si alguna pierde consistencia, se desinfla y se aleja haciendo aspavientos más allá de la línea encendida del horizonte. Dejando tras de sí el silbido exánime de su último aliento. Entonces los más viejos del lugar murmuran que ya pasó otro año. Un año más, una muñeca menos.
