martes, 4 de enero de 2011

PASEN Y VEAN: GEMMA PELLICER BERTRAND



  SOMBRAS CHINESCAS

     
      Ante todo, soy una mujer paradójica, llena de contrasentidos. Dice de mí la gente que quiero y que me quiere, que soy caótica, impaciente hasta el paroxismo y bastante fantasiosa. Será verdad si lo dicen. Yo añado que también puedo ser divertida, entusiasta y hasta un punto misteriosa. Aunque quizá sea conveniente matizar que esto último, sólo en contadas ocasiones. En general, me considero apasionada y vehemente. Y tozuda. En particular, una despistada de remate, retraída, sí, y algo presumida.

      
      Para andar por la vida aprecio la sabiduría de compañeros de viaje tan poco valorados como el orden y la tranquilidad. El caos -ya lo dije- lo pongo yo. Por lo demás, me gusta el otoño y la sandía, la caída de la hoja casi tanto como los rayos de sol. Puedo confesaros -pasemos, pues, a los defectillos- que soy sumamente nerviosa y dubitativa, probablemente, debido a un temor insalvable a la vida, y al dolor. Para compensar semejante carencia, o villanía, me gusta pensarme como una soñadora inagotable que escribe y escribe. Ciertamente, me considero una asidua de la escritura, aunque tampoco me asuste leer. Un día cualquiera aprendí que a los amigos y a los secretos hay que guardarlos bien para evitar que se esfumen, enfríen o volatilicen.

      
      Pero, muy especialmente, soy un pozo de desmemoria. Tanto es así, que uno de mis mayores temores consistiría en descubrirme un día olvidada de todo y de todos: padecer, llegado el momento, el galope desbocado e inmisericorde del señor Tiempo temido. Sin duda, ese olvido y abandono cronológicos representarían la peor amenaza y pesadilla, la vivencia misma del horror. Mutatis mutandis, no me desagrada la soledad.

      
      (Una nota de color: de pequeña solían recogerme el pelo en dos coletas. Siempre despeinada pese a todo, decía mi abuela, divertida, que iba hecha un indio. Desde entonces, me considero profundamente oriental).

       Hoy, en Pasen y Vean, tengo el placer de contar con la presencia de Gemma Pellicer Bertrand. Y os confieso, ya de entrada, que lo primero que me abruma es su extenso currículum. Licenciada en Filología Hispánica, periodista, crítica literaria ( diario Avui, revistas Turia, Quimera...) escritora ( En el 2011 publicará en la editorial Eclipsados, La Danza de las horas, su primer libro de microrrelatos), estudiosa del género corto ( ha publicado en colaboración con Fernando Valls la antología titulada Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (Menoscuarto, Palencia, 2010), y está preparando otra antología dedicada al microrrelato español ) y "bloguista" ( Sueños en la memoria ). Algunas de sus piezas habían aparecido recogidas en la antología de Fernando Valls, Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos (Cuadernos del Vigía, Granada, 2010).





       Dentro de su faceta estrictamente literaria, me gustaría destacar especialmente tres aspectos de la literatura que practica Gemma: El lirismo, el manejo del tiempo y la fotografía. Me parece que estas tres características son una constante – un sello personal – en todos sus textos. Subrayan una manera de concebir y narrar en la que estos elementos se conjugan y entremezclan para discernir la realidad del hombre y el mundo que lo rodea. La intención lírica, por ejemplo, es una apuesta valiente dentro de un género corto que muchas veces se encuadra y se encierra en los presupuestos teóricos del planteamiento, nudo, desenlace y giro final. La utilización del recurso lírico permite acentuar la elipsis; una particularidad esencial del microrrelato, una técnica indispensable. También me parece muy interesante como Gemma domina y maneja los tiempos de un texto en tan poco espacio de tiempo. Teniendo en cuenta la brevedad intrínseca de los mismos, tengo la sensación leyendo sus micros que en ellos el tiempo se detiene, no fluye según el ritmo narrativo. Y esta sensación redunda en la historia, directamente en su extensión, que entonces se dilata y se expande hasta alcanzarlo todo. Uno tiene la impresión de haber leído más de lo propiamente escrito, de una manera inconsciente pero real. Algo que también ocurre de la misma manera con fotografía de sus textos. Especialmente en lo que concierne a las descripciones, retratos y atmósferas. Una fotografía en blanco y negro, elegante, detallista pero desnuda de artificios innecesarios.

       Hoy  os presentaré tres textos que Gemma incluirá en su primer libro de microrrelatos La Danza de las horas (Editorial Eclipsados) que verá la luz a mediados de 2011. Los tres definen muy bien las cotas de acción de la literatura de Gemma que anteriormente mencionábamos. En el primero, El Ángel de l´Orangerie, podemos apreciar su versión más intimista, onírica y lírica. Y apreciar como el tiempo apenas fluye, como la extensión del texto se estira y lo llena todo, dejándonos un poso largo y duradero. El segundo texto titulado Moquehue constituye un perfecto ejemplo de lo que es un microrrelato. Apenas un detalle, ínfimo, minúsculo, basta para contar toda una historia. En este caso una historia dentro de otra gran historia. Y por último, El perfecto idiota, un texto divertido, mordaz, socarrón, donde podemos vislumbrar el lado más irónico de su literatura.Tal y como he dicho al principio, es un verdadero placer tener hoy aquí a Gemma. Espero que aquellos que la conozcáis mejor me ayudéis a completar este humilde retrato. Señoras y Señores con ustedes Gemma Pellicer Bertrand.. El Ángel de l´Orangerie, Moquehue El perfecto idiota. Disfrútenlo. Pasen y Vean.



EL ÁNGEL DE L´ORANGERIE

Para Juan Eduardo Zúñiga

      Las manos un poco vueltas hacia atrás, como escondiendo la corona de laurel que seguía sujetando; los pies absolutamente humanos, y desnudos, como la mirada. Así mismo la descubrió aquella primera vez en que andaba paseando, distraído, por los jardines versallescos del Palacio de Sanssouci, en las afueras de Potsdam, liberado -al fin- de sus preocupaciones de trabajo.

       Le bastó divisarla a lo lejos para saber que nada había cambiado. Aunque la estatua seguía tan bella como siempre, no pudo evitar sentir cierta desazón ante el abandono en que se hallaba. No entendía por qué los conservadores del parque la habían descuidado tanto. De proponérselo, podrían haberle limpiado de impurezas su fina piel de bronce, su rostro y mirada melancólica. Únicamente aquel pie delicado mantenía su juventud, como si no hubiera cejado un momento en el empeño por alcanzar el suelo.

       Ya cuando estaba a punto de marcharse, pudo apreciar que las demás esculturas que rodeaban el estanque, dos a cada lado, permanecían intactas, casi relucientes en comparación con el ángel. Y entonces lo supo. Sólo el tiempo, sus estragos, se había compadecido de ellos. No era casualidad, pues, que ambos compartieran un mismo corazón envejecido. De bronce puro, por más señas.


MOQUEHUE

      Pasito a paso, fue metiéndose en el agua muy despacio: primero un pie, luego el otro. Enseguida sintió las piedrecillas clavándosele en las plantas con su filo delgadísimo, de ahí que no le diera importancia al agua extremadamente fría aguijoneándole las pantorrillas. Sólo cuando quiso salir y vio que un enjambre de pececillos le mordisqueaba la carne cada vez con mayor insidia, comprendió: acababa de ser expulsado del Paraíso.



EL PERFECTO IDIOTA


El perfecto cuentista, en adelante PC, no sólo cree haber dado con el asunto fundamental de su nuevo relato, sino que convencido de su interés, deja cuanto estaba haciendo (enviar unos faxes de cierta urgencia que le ha pedido el jefe) para correr a su escritorio como una exhalación, no vaya a ser que su musa se volatilice antes de haber escrito, cuando menos, un esbozo de la brillante idea que revolotea, desde hace escasos minutos, por su cabeza, y que ahora se dispone a anotar con devoción, a espaldas -desde luego- de sus queridos compañeros de mesa.

Aunque a ojos de cualquiera en horario de oficina su irreprimible vocación pudiera parecer ridícula y hasta desvergonzada, una irresponsabilidad en toda regla, hace ya quince años por lo menos que el perfecto cuentista no ceja un segundo en su afán por hinchar ese germen tan diminuto y prometedor que lo embarga sin previo aviso, con el fin de transformarlo en el relato que debería haber escrito, como digo, quince años atrás.

Así las cosas, el PC sabe que su cometido resulta inaplazable, que la urgencia creadora no admite esperas. Lo sabe pero también está lo de su jefe, así que de pronto se encuentra ante una decisión salomónica que tomar, al tiempo que se dice para sus adentros que la resolución de dicho dilema exige la fortaleza hercúlea de un Sansón. El perfecto cuentista se sonríe ante su capacidad manifiesta por hilvanar metáforas de tamaño calibre. Luego, y sin más preámbulos, el PC se dirige a su PC y esboza siquiera el título.

En vano se esfuerza el perfecto cuentista por desarrollar su fugitiva idea. El cursor se ha quedado parpadeando en mitad de la pantalla como un martillo pilón, piensa con acierto. Y de pronto, el jefe:

-Fernández, ¿para cuándo esos faxes? ¿De veras desea usted que le aumente de una puñetera vez el sueldo? Ante esta última pregunta, retórica a no dudarlo, formulada cuando la hermosa Mariluz cruzaba por delante de su mesa, al PC se le ha puesto cara de perfecto idiota. En adelante, PI.


GEMMA PELLICER BERTRAND




PRÓXIMO ARTISTA INVITADO:  La semana que viene nos visitará un escritor que mide su talento y sus palabras a peso. Todo un tifossi del microrrelato.