Papá mete la cinta y le da al play. De pie, junto al televisor, observa como el Lincoln negro avanza muy despacio. La multitud aplaude y Jackie, radiante, le susurra algo al oído. Ayloviu, apunta Mamá. Unos segundos después se escucha un disparo. La cámara oscila pero Papá consigue detener la imagen justo cuando la cabeza de Kennedy salta por los aires. Luego rebobina y señala unos arbustos. Ralentiza la secuencia y traza con su dedo la trayectoria que describe la bala mágica. Ésta entra por detrás del cuello del presidente, sale por la tráquea, gira ciento ochenta grados, traspasa la espalda del gobernador de Texas, franquea su tórax, perfora su mano derecha, roza su pierna izquierda, rebota en la hebilla del mocasín y agujerea la pantalla para finalmente impactar en la frente del abuelo, que desde entonces sentado en la mecedora, luce orgulloso el proyectil incrustado mientras saluda sonriente a las visitas.
