martes, 28 de diciembre de 2010

PASEN Y VEAN: MIGUEL ÁNGEL RODRIGUEZ ARTIGAS


       El día que nací es tan lejano que, casi casi, se ha perdido de vista. Veamos, ahora que lo recuerdo fue un 26 de febrero de 1946. Tiempos de tranvías, Superman, trompo y balones de fútbol. Por esas cosas de la vida, trabajé en los últimos veinte años en corrección de textos, dentro de la industria periodística. En cierta ocasión, mi hijo mayor tuvo la aciaga ocurrencia de animarme a escribir relatos. De lo que sucedió después, lo hago total y absolutamente responsable. El colmo de las calamidades fue Maníes para Elizabeth, mi primer microrrelato, porque el jurado del CGAE decidió declararlo ganador mensual en diciembre 200'8. Desde entonces y hasta el presente, no he cejado en mi intento por merecer algún que otro lector para convertirlo en víctima de mis creaciones. Viendo los resultados, mi hijo se encuentra en un tratamiento de terapia intensiva para alejarse del sentimiento de culpa. En mi caso, me siento cada vez más ufano y amenazo a la humanidad con nuevas entregas para el olvido.

      Hoy, en Pasen y Vean, tengo la inmensa alegría de recibir a un amigo: Miguel Ángel Rodriguez Artigas. Alguien con el que me une un vínculo muy especial. Conocí a Miguel Ángel cuando ganó con el texto que hoy os presento, el mes de Diciembre del concurso de abogados de 2008. A partir de entonces, intercambiamos e-mails - palomas metálicas que decimos nosotros - en una relación de amistad que tiene sus puertos o pistas de aterizaje en Montevideo y Barcelona. Desde entonces, cruzamos impresiones, textos, alegrías. Admito, él lo sabe, que cuando leí su texto me fascinó. Pero pensé que detrás suyo encontraría a un joven escritor. Lo digo porque "Maníes para Elisabeth" es un texto de vanguardia. A mí, al menos me lo parece, rompedor en las formas y los cánones clásicos del microrrelato. Por eso, mi sopresa fue mayúscula cuando supe que el autor era un escritor uruguayo de sesenta años que durante toda su vida había trabajado como corrector ortográfico en un importante periódico nacional. Y reconozco que la valentía, la osadía y la modernidad de este texto - además de su encanto infinito - la encuadraba en un joven autor. Ahora que lo conozco, ya nada me extraña, sino todo lo contrario. Miguel Ángel, además de un escritor excelente, es un prodigio de fuerza, un portento de energía. También, la demostración palpable que por encima de los concursos y los premios, están  las personas que se esconden detrás de los textos. A mí el concurso de abogados me dio la oportunidad de conocer a Miguel Ángel y tambien a su hijo, Leonardo Siré, escritor ya reputado, todo un privilegio que hoy quería compartir con todos vosotros. Estoy seguro que cuando leáis el texto, comprenderéis todo lo que estoy diciendo y sabréis disculpar mi evidente emoción.


       Confieso que cuando leí por primera vez Maníes para Elizabeth quedé fascinado. Es uno de esos textos que a mí me hubiera gustado escribir. Creo que este es el mejor elogio que se le puede hacer. La literatura esconde siempre detrás - en su ejecución - una matemática perfecta. Una matemática que une palabras, conjuga verbos, define cadencias, impone silencios y precisa adjetivos. También, es cierto, cuenta una historia, crea un mundo y convierte molinos en gigantes encantados. Y esto es todo lo que hallé en este relato. Porque a través de esa matemática perfecta  pude sentir el vaivén del tren y su traqueteo melancólico, que no es mas al fin que, el vaivén y el traqueteo melancólico del corazón decrépito y desgajado de mi  querido, desde ahora vuestro querido, Roberto Vignoli. Señoras y Señores con ustedes Miguel Ángel Rodriguez Artigas. Maníes para Elisabeth. Disfrútenlo. Pasen y Vean.

 
 
  MANÍES PARA ELISABETH


       Roberto Vignoli, célebre abogado bonaerense, eligió la desmemoria del tren para recordarla: “Al verte aquella noche, sólo atiné a poner maníes en tus manos y decirte: ‘Ojalá fueran esmeraldas’. Nos casamos, pudimos ser felices, pero llegó el dinero. El me dio triunfos con algún magistrado que soslayó la Constitución, pero transformó nuestra cercanía y presente en lejanía y pasado. "Todavía es siempre”, suspiró. Al llegar, con prevención ocultó el collar de esmeraldas que, ahora sí, obsequiaría. Ella, repetida en el ventanal, hundía la mirada en el cielo, donde enormes rocas, cual pintura, se detuvieron conmovidas. Roberto, suavemente, encadenó aquel cuello de nieve. Esperanzado en una compartida memoria, ensayó un “feliz aniversario”. Entre los dos, se posó el silencio. Algunas lágrimas se desentendieron de los verdes lagos de Elizabeth. Después, ella habló: “Ojalá fueran maníes”. Apenas arriba, en el cielo, las enormes rocas retomaron su laborioso peregrinar, camino del olvido.


MIGUEL ÁNGEL RODRIGUEZ ARTIGAS



PRÓXIMA ARTISTA INVITADA:  Ayer tuve un sueño. Y se me apareció la invitada que nos visitará el próximo martes. Lástima que no tenga memoria para recordar su nombre.