miércoles, 1 de diciembre de 2010

ÚLTIMO TRAGO



       Reconocí la mirada de la fotografía. Y supe quién era a pesar de llevar el pelo más largo y haberse dejado crecer la barba. Aún así, decidí no delatarlo. Pensé que sería bueno para el negocio si se quedaba en el pueblo. Me acerqué a la barra y le sugerí un lugar discreto donde alojarse. En estos últimos años nunca me faltó trabajo. Siempre, las vísperas de luna llena. Cuando le atacaban los demonios, se le encendía la sangre y se le nublaban los ojos. Esas noches, antes que el crepúsculo borrara la silueta de los cipreses, le pagaba el aguardiente. Luego volvía al taller y terminaba de lijar el cajón. Hasta hoy.