Este verano llegamos al pueblo unos días antes de lo habitual. Justo cuando encendían el sol y se disponían a colgar la cartulina con el cielo azul, las nubes de celofán y los pájaros de atrezzo. También pudimos advertir, a lo lejos, los decorados de las casas blancas, el camposanto y las ruinas del viejo castillo medieval. Por el contrario, el ayuntamiento, la plaza mayor y la iglesia permanecían aún suspendidos en el aire, sujetos por la grúa, esperando ser ubicados en su lugar correspondiente. Asimismo, el hueco donde estaba el mar seguía todavía repleto de serrín, limaduras y virutas de papel, aunque varios operarios se afanaban ya en llenarlo de agua, diseminar la sal, extender la arena y desembalar los peces de plástico.
Mientras observábamos atónitos cómo bajaban el sol, izaban la luna y prendían las estrellas –ensayando así el ciclo natural de los días y las noches– vinieron al pueblo los camiones que traían los animales. De uno en uno, descendieron los dinosaurios, las sirenas, los unicornios, las hadas y los dragones verdes de tres cabezas que escupían gominolas, caramelos y confeti. Incluso, los mosquitos africanos que picaban pero no dolían. Las arañas peludas que no daban miedo. Los saltamontes de diseño. Las medusas inofensivas. Y las moscas cojoneras que no incordiaban a la hora de la siesta. Después de hacer recuento, darles cuerda y colocarles las pilas alcalinas que les conferían autonomía suficiente durante los próximos meses, dieron por concluidos todos los preparativos para recibir a los turistas.
